La literatura y la arqueología comparten algo esencial: ambas intentan reconstruir mundos. En mi caso, los hallazgos arqueológicos no solo alimentan la investigación, sino también mi narrativa. La Villa de las Diosas, por ejemplo, nació de un mosaico real que me llevó a imaginar vidas, diálogos y emociones del pasado. La ficción permite explorar aquello que los datos no alcanzan a decir: las motivaciones, los miedos y los sueños de quienes vivieron hace siglos. Así, la arqueología y la literatura se entrelazan para ofrecer una mirada más humana e íntima de la historia.
